Es triste que uno de los temas más en boca de la gente en estos días sea la anorexia. Y lo más triste es la gran cantidad de contradicciones que presenta esa misma sociedad que critica la enfermedad, porque, amigos míos, eso es la anorexia: UNA ENFERMEDAD.


Puedo hablar de este tema con conocimiento de causa porque me ha tocado muy de cerca. Una amiga mía, muy cercana a mí, está intentando salir de ese oscuro pozo sin fondo que es la anorexia. Lo que más rabia me da es ver cómo la gente constantemente generaliza a las personas que sufren de esta enfermedad alegando que la culpa es suya por querer estar más delgadas. Si sólo fuera por estar más delgadas, os aseguro que mucha gente no caería en esa espiral de autodestrucción.

 


Mi amiga, a la que llamaré Miu, siempre había sido una chica llena de seguridad, con mucho carácter y con una personalidad abierta, tolerante, confiada y muy risueña. Después de tres largos años de anorexia ha pasado a ser desconfiada, irascible, insegura y muy triste. Sus ojos reflejan todo el dolor por el que ha pasado, toda la carga que le han supuesto sus problemas por esa enfermedad. Es un daño que no se puede apreciar a simple vista, no es algo que surja de un día para otro, se va creando, va edificándose y solidificando con distintos factores del entorno de la persona.


LOS PRIMEROS PASOS HACIA EL ABISMO

 

 

 

 

 

 

Miu siempre había soñado con aprender a bailar, por lo menos hacerlo de una forma en la que dominara algunos movimientos básicos. Así que el cálido mes de junio de 2004 decidió apuntarse con la que –en esos momentos– creía su mejor amiga. Los primeros días fueron de ensueño, aprendían pasos nuevos, se reían, conocían a gente nueva.

 

 

Pero entonces algo cambió en Miu: empezó a crecer en ella una obsesión, algo que la cambiaría para siempre. El profesor de baile –que no era especialmente guapo, ni alto, ni simpático, pero que tenía algo, según me confesó– se metió entre ceja y ceja de mi amiga, y ésta empezó a obsesionarse con él. Miu siempre fue muy enamoradiza, así que no le dio mayor importancia. Pero en esta ocasión algo era distinto, era un reto porque además de ser el profesor y ser mayor que ella, se movía como sólo un bailarín podía hacerlo. Eso cautivó a Miu, la llevó a centrar todos sus pensamientos en él, nublándole el juicio y haciéndole actuar como una chica sin carácter ni dos dedos de frente.

 

Un día reunió la fuerza suficiente, le dijo que le grabara el CD con las canciones de las clases para practicar en casa y decidió darle una nota. A partir de ese momento, el profesor –parecía– estar más pendiente de ella, la pidió su móvil y él le dio el suyo. Las dos semanas siguientes fueron una maravilla para Miu: el profesor de baile la escogía para explicar los pasos a los alumnos y al final de las clases charlaban sobre cosas sin importancia.

 

Sin embargo, un día quedaron fuera de clase para ir al cine, después de lo que Miu consideró como una tarde memorable, se besaron entre los árboles de un parque, cercanos a la casa de mi amiga. Fue uno de los besos más apasionados que ella jamás había recibido (palabras textuales). Se la veía feliz, contenta, animada. Lo que ella no sabía es que el círculo de autodestrucción había comenzado.

 

Un círculo que profundizó aquella supuesta mejor amiga de Miu: esa chica empezó a hacer dieta, diciéndole a Miu detalladamente la cantidad de calorías que tenían todos y cada uno de los alimentos que ingería. Todo lo que Miu había considerado sano: yogures, leche, pescado…ahora era un componente fatal para la línea y para adelgazar. Cuando comía su habitual almuerzo a base de un pequeño bocata a mitad de mañana, su “amiga” sólo tomaba un quesito Light, después de enumerar todas las ventajas de comer sólo eso. Miu no lo notó, pero empezó a obsesionarse con la comida baja en calorías. No comía a gusto.


CAMBIOS DESAPERCIBIDOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quizá la gente más allegada a ella no lo veía, pero Miu me confesó que viendo las cosas con frialdad y después de un tiempo, se daba cuenta de que partes de su propia personalidad iban cambiando. La habitual confianza con su madre iba desgastándose para dar lugar a una continua serie de mentiras que pretendían enmascarar los encuentros casuales con el profesor.

 

 

“Ella no me entendería, diría que es muy mayor y que no le intereso”

, me decía.

 

 

Se inventaba excusas para no explicarle a su madre lo que hacía, cuando hasta ese momento no existían secretos entre ellas. Cuando no estaba con él, su carácter era más apático, desagradable, no quería comer, no quería hacer nada, sólo verle, estar con él.

 

Desde aquella cita al cine las cosas entre ellos cambiaron. Apenas se veían después de las clases, no quedaban y Miu estaba empezando a desilusionarse. Las pocas ocasiones en que salían, (sólo tras las clases y apenas 15 ó 20 minutos), se ponían a hablar y poco a poco el profesor hacía comentarios que llegaban inconscientemente al fondo de la mente de mi amiga.

 

 

“Sí, estás bien, pero las hay mejores”.

 

 

 

Yo la dije que cómo podía hacerle caso, teniendo en cuenta la personalidad que ella siempre había poseído.

 

 

“En esos momentos no lo ves, sólo quieres que la persona a la que crees querer te quiera y que le gustes todo lo posible”.

 

 

Esos comentarios despertaron algo dentro de Miu, la llevaron a quitarse de comer cosas que ella consideraba poco saludables y además la llevaron a practicar deporte de forma compulsiva. Se alimentaba a base de manzanas y zumos y apenas probaba la leche. Cuando comía un poco más, doblaba el esfuerzo en el ejercicio.

 

  • En tan solo dos meses llegó a perder más de diez kilos. Ella pesaba 52. La talla 34 le quedaba grande. Siempre había usado la 38. La regla ya no le venía. Se le caía el pelo y se le rompían las uñas.

 

 

Cuando vives con alguien que pasa por esta situación, no ves esos cambios porque son graduales, son muy lentos y pasan desapercibidos. Sólo los que ven a la persona de forma más esporádica pueden notarlo.

 


FACTOR SALVAVIDAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi amiga tuvo suerte, aunque ella no lo vio así hasta hace unos meses. Cuando ya estaba tan perdida en el círculo de la anorexia llegó el momento de irse de vacaciones a un pueblo que jamás había soportado. No quería ir ni bien ni mal, y además no quería “perder lo que tenía” con el profesor.

 

 

“Ahora veo que lo que tenía sólo estaba en mi imaginación: jamás hubo nada más que una obsesión compulsiva”.

 

 

Cuando llegó agosto de 2004, Miu se fue con su madre a su pueblo a pasar allí todo el mes. Sus abuelos notaron los cambios e intentaron hacer algo para que no le pasara nada a Miu. Sin embargo, su carácter había cambiado tanto que era muy difícil acceder a ella y además, muy peligroso: podía engendrar un efecto rebote que la sumiera aún más en el abismo. ¿Qué hacer?, ¿cómo actuar? Las peleas eran constantes, los piques, las malas contestaciones y el malestar. ¿Cómo se podía hacer entrar en razón a alguien que NO VE que tiene un problema? El primer paso para solucionar algo es ser consciente de que existe algo mal, sino no se puede actuar en consecuencia.

 

Entonces ocurrió algo decisivo un día, algo que se puede considerar un “factor salvavidas” que ayudó a Miu a darse cuenta de lo que estaba pasando. Tras una de las habituales peleas en el seno familiar, el abuelo de mi amiga acabó la discusión diciéndole

 

 

“esto no es normal, estás hasta fea”.

 

 

Según me dijo Miu esas palabras le tocaron el corazón: su abuelo, una persona a la que tenía como una verdadera figura paterna y al que quería más que a su propio padre estaba decepcionado profundamente con ella.

 

A partir de ese simple comentario, la madre de Miu trató de dialogar con ella. Hablarle, escucharle, y sobre todo, hacerlo sin que ella se sintiera presionada.

 

 

“Si no se va con cuidado puede ser peor, hay que ser paciente”.

 

 

 

La paciencia lo era todo.


 

RECUPERACIÓN LENTA Y DOLOROSA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Han pasado nada menos que tres años desde entonces. Tres años en los que lo único que ha intentado Miu es reponerse, y algo que aún no ha conseguido. Todavía necesita de hormonas para regular que le venga el período, toma complementos vitamínicos para recuperar su cabello y otras medidas para salir del pozo. Ha recuperado su peso habitual y hace ejercicio moderadamente. Una ínfima parte de su antiguo carácter y personalidad luchan por salir y de vez en cuando lo consiguen. Sin embargo es muy susceptible, ve dobles sentidos a comentarios inocentes y parte de su inseguridad permanece presente.


 

CONCLUSIONES

 

 

 

La anorexia no es una enfermedad de niñas tontas que quieren adelgazar. Es un trastorno serio que está influido por muchos factores del entorno de la persona. Una enfermedad destructiva que acaba con las personas más fuertes. Personas que al principio se creían inmunes.

 

 

“Yo siempre había dicho que jamás dejaría de comer por nada del mundo, que nunca dejaría que un chico me cambiara y que no me permitiría arrastrarme por nadie. Pequé en todas y cada una de mis promesas. No valió la pena para nada”.

 

 

La gente se esfuerza en condenar las modelos delgadas y las fotos de revistas, anuncios, etc. que salen en los medios. Pero al mismo tiempo esas personas critican a otros por no encajar en los cánones establecidos. ¿No existe cierta dicotomía en ello?, ¿cierta hipocresía tal vez?

 

Hasta que la gente no lo vive, no lo entiende. Es difícil entenderlo. Miu perdió a sus compañeros de la universidad, los acababa de conocer y no entendieron qué le ocurría. Su carácter varió hasta tal punto que se cerró a la gente. Cuando necesitó el apoyo de su mejor amiga, ésta desapareció. No volvió a saber de ella en años. La gente conocida que aún estaba con ella pero no sabía lo que pasaba no dejaba de criticar a los demás por su constitución física, y esto incrementaba la inseguridad y el miedo de Miu a engordar, dejando su autoestima por los suelos.

Los anoréxicos no se hacen, los hace la sociedad.